
Las luchas internas suelen ser las más crudas y sangrientas. Nuestra parte más carnal se enfrenta a nuestra moral (a la propia y a la adquirida), a nuestro raciocinio, y todo ello provoca una revisión de los cimientos de unos sentimientos que sabemos más que asentados. Pero es ley de vida: a todos nos ocurre, tarde o temprano.
Pasas horas y horas de trabajo u ocio junto a una persona a la que admiras y respetas profundamente, con la que compartes dificultades, sonrisas, risas y confidencias, junto a una persona con la que empiezas, poco a poco, a intercambiar gestos tiernos, miradas de complicidad, y contacto físico, junto a una persona por la que, cada día, sientes más “feeling”. El roce hace el cariño, sí, pero también el cariño hace el roce, y esto es lo realmente peligroso, porque lo que se busca, a veces, se encuentra.
Si dos personas tiran fuertemente del mismo hilo, en sentidos opuestos, sólo pueden pasar dos cosas: o que se rompa, o que una de las dos consiga vencer, por la fuerza, la resistencia de la otra, y acaben "cayendo" juntas. He de decir que, personalmente, me gusta tensar los hilos de mi gente, porque me hace sentir más cerca de ellos pero, por supuesto, sin dar tirones.
No sé qué es lo que pasa por la mente de esas personas que dicen estar plenas y felices, pero que deciden cruzar la línea. ¿De verdad dicen lo que piensan o es una forma de autoafirmación?. El hecho de estar en pareja no significa llevar unos grilletes, ni que se te vacíen las cuencas de los ojos, pero es que una cosa es sentir atracción, y otra es sentir deseo y, por supuesto, llevar éste a cabo; esto último ya deja de ser un acto instintivo, para convertirse en uno totalmente consciente y planificado, para el que jamás existirá una excusa razonable salvo una realidad: el "no te quiero".








